– Son 25 millones más que antes de la pandemia, según un informe de la ONU

MADRID, 14 (SERVIMEDIA)

Alrededor de 116,3 millones de personas en Europa y Asia central padecían inseguridad alimentaria moderada o grave en 2021, esto es 25,5 millones de personas más que en 2019.

Así lo refleja el informe sobre el ‘Panorama regional de la seguridad alimentaria y la nutrición en Europa y Asia central’, elaborado por la Comisión Económica de las Naciones Unidas para Europa (CEPE), el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), la Organización Meteorológica Mundial (OMM), la Organización Mundial de la Salud (OMS), el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y el Programa Mundial de Alimentos (PMA), según precisó la FAO este martes en un comunicado.

En concreto, según el informe, la prevalencia regional de la inseguridad alimentaria moderada o grave en la región pasó del 11,3% en 2020 al 12,4% en 2021 y el número de personas que padecen inseguridad alimentaria grave, aquellas que carecen de acceso regular a suficientes alimentos inocuos y nutritivos, aumenta «rápidamente», con un incremento de más de 13 millones de personas entre 2019 y 2021.

Además, la investigación estima que la prevalencia de la subalimentación en el mundo aumentó al 9,9% en 2020 y siguió aumentando desde entonces, mientras que la media de los más de 50 países de Europa y Asia central se ha mantenido por debajo del 2,5 % en los últimos años.

El informe, que ofrece análisis de las tendencias regionales y los progresos realizados para lograr el Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) relativo al Hambre Cero e incluye estudios sobre la creación de marcos de políticas que permitan que las dietas saludables «sean más asequibles» y que los sistemas agroalimentarios «sean más sostenibles», puntualiza también que la pandemia y el estallido de la guerra en Ucrania «ejercen una enorme presión sobre la seguridad alimentaria y la nutrición saludable» y que los precios de los alimentos «alcanzaron niveles máximos».

En paralelo, prevé que, aunque en algunas partes de la región, como el Cáucaso, Asia central y los Balcanes occidentales, la proporción de la población definida como subalimentada «está aumentando y es probable que siga en ascenso», la media regional se mantendrá por debajo del 2,5%.

En este punto, defiende también que, pese a las «repercusiones» de la covid-19 y de la guerra en Ucrania, los datos y las tendencias de los últimos años «presentan un panorama fundamentalmente alentador» de la situación de la seguridad alimentaria y la nutrición en Europa y Asia central y que la situación de la región en su conjunto es «mucho mejor que la de otras partes del mundo, pero es necesario abordar algunas novedades para evitar reveses».

Como «dato positivo», en esta región el retraso del crecimiento, es decir la estatura baja para la edad, y la emaciación, consecuencia de una ingesta dietética insuficiente, afectan al 7,3% y al 1,9% de los niños menores de cinco años, respectivamente, mientras que a escala mundial estos problemas afectan a más del triple de personas, si bien el sobrepeso y la obesidad siguen siendo «un problema alarmante en la región» y superan la media mundial.

Con todo, según el informe, el coste de una dieta saludable aumentó en casi todos los países de Europa y Asia central debido al repunte de los precios de los alimentos para los consumidores, pero la «mayoría» de la población de la región, aproximadamente el 96,4%, «podría permitirse una dieta saludable», en comparación con la media mundial del 58% en 2020.

En este contexto, la ONU juzgó necesario «reorientar» las políticas de alimentación y agricultura para que sean «más adecuadas» de cara a abordar el «triple desafío» de los actuales sistemas agroalimentarios, como es aumentar la asequibilidad de las dietas saludables, garantizar mejores medios de vida para los agricultores y mejorar la sostenibilidad ambiental.

«Esto puede lograrse si los incentivos fiscales van más allá de la ayuda a los agricultores individuales y se destinan a la mejora de los servicios generales, lo que incluye investigación y desarrollo agrícolas, medidas de control de plagas y enfermedades, sistemas públicos de control de la inocuidad de los alimentos, agricultura climáticamente inteligente y tecnologías y prácticas eficientes en función de las emisiones», sentenció, para señalar que, si se «replantean» las actuales estructuras de apoyo a la agricultura, «se puede fomentar incluso el consumo de alimentos saludables, principalmente frutas, hortalizas y legumbres».